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miércoles, 11 de julio de 2012

TEXTO PERIODÍSTICO. TEATRO BARROCO. "La vida es sueño", de Calderón

   En "El País":

Blanca Portillo, como Segismundo en la versión de 'La vida es sueño' estrenada en Mérida. /FESTIVAL DE MÉRIDA
Fernando de Felipe me hablaba el otro día del abortado proyecto de llevar al cine La vida es sueño, que hará diez años acometió para Filmax / Focus, y que iba a suponer el debut cinematográfico de Calixto Bieito. “Cuando me encargaron el guion pensé: ‘¡Qué pereza!’. Pero a medida que entrábamos en harina mi entusiasmo crecía: por la riqueza de los conceptos, de las situaciones, de los personajes; por la modernidad apabullante del texto. Al final, la película no vio la luz, pero no lo he pasado mejor en mi vida que el año que Calixto y yo pasamos trabajando en el drama de Calderón”.
No es el único al que le ha pasado: Calderón impone y luego abduce. De La vida es sueño se ha dicho que es “el Hamlet español”; y que su tema central (en palabras de Azaña) es “la angustia metafísica sobre el valor incierto de la vida”. O que anticipa a Schopenhauer en su interrogación existencial sobre “el mundo como voluntad o representación”.
Barriendo para casa, Menéndez y Pelayo aseguró que “no existe en el arte dramático idea más asombrosa que la que sirve de forma sustancial a esta obra”. Puede que no de un modo tan rotundo, aunque es absolutamente recurrente en Shakespeare la noción del mundo como escenario y la vida como una fantasmagoría en la que se suceden los roles y las representaciones. Por otro lado, la interrogación sobre la espectralidad de la existencia es historia antigua, y bien la conocía Calderón desde sus juveniles lecturas filosóficas: Platón dibujó en La República la imagen fundacional de la caverna, en cuyo interior unos prisioneros toman por reales las sombras que una hoguera exterior proyecta sobre el muro. Esa alegoría, que al correr del tiempo fundamentaría incontables ficciones, desde La invención de Morel a la trilogía Matrix, reaparece una y otra vez en el Barroco español, pero antes de entrar en eso, y si queremos hallar un claro precedente de La vida es sueño en nuestras letras, cabe remontarse, tres siglos antes, al maravilloso relato El brujo postergado, que el infante Don Juan Manuel recoge en El conde Lucanor, donde un nigromante hace vivir a un clérigo ambicioso una vida de triunfos, hasta revelarle, ya con el papado en sus manos, que todo fue una ilusión mágica.
Calderón creía en un mundo gobernado por
un dios racional
Hacia 1600, la disyuntiva entre imagen y realidad clausura (puro El show de Truman) el célebre soneto atribuido por igual a Lupercio y a su hermano Bartolomé de Argensola (“Porque ese cielo azul que todos vemos / ni es cielo ni es azul / ¡Lástima grande / que no sea verdad tanta belleza!”), que el propio Calderón retomará, palabra más, palabra menos, en Saber del mal y del bien (1634), escrita un año antes de La vida es sueño. Y en 1613, para echar su cuarto a esas espadas, apuntilla Góngora en susSoledades con estrofa memorable: “El sueño, autor de representaciones / en su teatro sobre el viento armado / sombras suele vestir de bulto bello”.
¿Existen, ahora que lo pienso, paralelismos o confluencias entre Calderón y Shakespeare? La relación, antes citada, entre La vida es sueño y Hamlet creo que está más centrada en el carácter atormentado y reflexivo de sus respectivos protagonistas y en la riqueza formal de ambos textos que en similitudes ideológicas de fondo. Apuntaría, más bien, una posible conexión con La tempestad, que Shakespeare escribe en 1611: Basilio está cerca de Próspero, y hay algo indudablemente calibanesco en Segismundo.
Las lecturas de La vida es sueño son infinitas. Para unos, es una pieza de propaganda, que Calderón compuso para inculcar los dogmas de la Contrarreforma (libre albedrío católico frente a determinismo protestante), como ilustraría, entre muchos otros, el verso “porque el hado más esquivo / la inclinación más violenta / el planeta más impío / solo el albedrío inclinan / no fuerzan el albedrío” (idea que, por cierto, también aparece en El rey Lear de Shakespeare, acerca de la supuesta predestinación de los eclipses); para otros, Calderón sintetiza conceptos cercanos al hinduismo o el budismo, como este otro pasaje de Segismundo, coincidente con el pensamiento kármico: “Más, sea verdad o sueño / obrar bien es lo que importa / si fuera verdad, por serlo / si no, por ganar amigos / para cuando despertemos”.
Sí parece cosa cierta que Calderón creía en un mundo gobernado por un dios racional, a quien el hombre podía acceder, justamente, a través de la razón, concepto que parece capital en el aire de su tiempo: tan solo dos años separan la escritura de La vida es sueño y la del Discurso del método de Descartes. Como Pascal y Gracián, Calderón estudió en la Compañía de Jesús que, en certeras palabras de Javier Aparicio, “le contagiaría para siempre la escenografía mental de la meditación imaginativa de los Ejercicios ignacianos, la filosofía ascética que organiza su universo dramático, el estoicismo senequista y un denodado espíritu erudito”.
El brillantísimo juego conceptual de La vida es sueño nos hace olvidar a veces la belleza de su forma. “El lenguaje de La vida es sueño”, escribió Luca Ronconi, “posee una extraordinaria y teatralísima economía expresiva. Frente a la impetuosidad torrencial de Shakespeare, su rigurosa concisión comprime, en rápidos juegos lingüísticos, complicados pasajes intelectuales y sinuosos estados de ánimo”.

viernes, 18 de febrero de 2011

TEATRO SIGLOS DE ORO. La mujer en el teatro

   El siguiente fragmento forma parte de un estudio mucho más amplio ( Mujer y empresa teatral en la España del Siglo de Oro. El caso de la actriz y autora María de Navas. Por Lola González, de la Universitat de Lleida) que podemos leer completo aquí.

   A grandes rasgos, la mujer, en la España del Siglo de Oro, se relacionó con el teatro de tres modos: como actriz, como empresaria teatral, desarrollando además su propia actividad teatral, esdecir, trabajando como actriz en su compañía, y como empresaria teatral pero sin desempeñar papel artístico alguno en la compañía.
   En la mayoría de los casos la vinculación de una mujer al oficio teatral dependía, sobre todo en la primera época de puesta en marcha de la actividad teatral, de su vinculación a una figura masculina, el cónyuge en caso de estar casada y el padre o tutor en caso de ser menor y soltera. Por este motivo nos encontramos con un número considerable de actrices que desarrollaron su actividad vinculadas a estas figuras masculinas, tal como, además, exigía la ley
en estos casos. Sin embargo, también tenemos constancia de la presencia de muchas mujeres en la actividad teatral que, aunque vinculadas también a algún familiar actor o autor, no consta explícitamente que desarrollaran una actividad propiamente teatral. A estas mujeres podríamos definirlas como "apoderadas", ya que es gracias al poder que su familiar les otorgaba por lo que éstas pudieron desempeñar su actividad esencialmente administrativa, en el ámbito del oficio teatral que su familiar masculino desempeñaba. En virtud del poder que recibían, pues, dichas mujeres desempeñaban diferentes funciones en nombre de su familiar, como por ejemplo la de obligarse con mercaderes, arrendadores y otros actores. Al poseer únicamente datos relativos a su faceta administrativa más que propiamente teatral, no podemos afirmar, obviamente, que dichas mujeres fueron actrices.
   Uno de los casos más ilustrativos, entre los muchos que tenemos documentados sobre estas mujeres "apoderadas", es el de Catalina Hernández, mujer del autor de comedias Gaspar dePorres, de la que poseemos muchos datos, aunque de ninguno podemos deducir que ejerciera
como actriz. De hecho, en todos los datos que de ella se conservan (y que van de 1591 a 1625) se evidencia que Catalina Hernández participaba en la actividad teatral del marido, pero sólo encalidad de su apoderada y nunca como profesional de la escena.
   Además de estas mujeres que sólo participaron en la faceta administrativa o económica de la actividad teatral, desempeñada oficialmente por el cónyuge o padre, hubo otras que en parte o casi exclusivamente protagonizaron la escena como actrices y/o como autoras o empresarias teatrales. Este es el caso, entre otros muchos documentados, de María de Navas, actriz que desarrolló una intensa y exitosa carrera teatral gracias a su buen hacer en las tablas. El hecho de que fuese llamada en varias ocasiones para trabajar en Madrid a las órdenes de autores de prestigio como Rosendo López de Estrada y Juan Bautista Chavarría, o que formase parte de la compañía de Agustín Manuel de Castilla durante casi una década, así como el que interviniera en la representación de algunas de las obras de los más ilustres dramaturgos del momento, Calderón, Cubillo de Aragón, Bances Candamo, y frecuentase, en calidad de representante, los escenarios palaciegos y los corrales madrileños, son pruebas evidentes de su talento artístico. Por otra parte,su actividad teatral no se limitó a la capital de la Corte castellana sino que representó en lugares claves del itinerario dramático de la época: Valencia, Barcelona y Lisboa, entre los conocidos hasta el momento. Por último, fue su talento dramático, sin ninguna duda, el que la especializó en primeras damas, papel que representó casi desde los inicios hasta el final de su carrera artística.

 La incorporación de la mujer a la vida teatral.
   La incorporación de la mujer a la vida teatral, en España, tiene como fecha de referencia oficial el 17 de noviembre de 1587. Ese día y ese año, el Consejo de Castilla autorizaba la presencia de actrices en los escenarios. Con este decreto se levantaba la prohibición contra la actuación de las mujeres en las tablas que entró en vigor el 6 de junio de 1586 por iniciativa de la Junta de Reformación y en la que se ordenaba que "a todas las personas que tienen compañías de representaciones no traigan en ellas para representar ningun personaje muger ninguna, so pena de zinco años de destierro del reyno y de cada 100.000 maravedis para la Camara e Su Majestad". La autorización de 1587 permitía, como se ha dicho, la presencia de actrices en los escenarios, aunque limitándola con dos condiciones: la primera de ellas era que las actrices estuviesen casadas y fueran acompañadas por sus cónyuges; la segunda condición era que las dichas actrices siempre representasen en hábito de mujer. Significativo de la premura con la que actuaron algunos autores para reunir las condiciones necesarias a fin de poder volver a representar, y
hacerlo en conformidad con lo que se disponía en materia de teatro, es el caso de Jerónimo Velázquez. El 25 de noviembre de ese mismo año 1587, este autor otorgaba un poder en favor de su yerno Cristóbal Calderón para que en su nombre pudiera buscar en cualquier lugar mujeres casadas "representantas" que se incorporaran a su compañía, trayéndolas a su costa, y para acordar con ellas y sus maridos lo que el autor les tuviera que pagar por representar.
     Pese a que el decreto de 1587 fijara las dos condiciones mencionadas para que las mujeres pudieran representar, no siempre en la práctica dichas condiciones se respetaron. Muchos son los escritos de la época que se hacían eco del escándalo que ocasionaba para muchos el que la actriz continuara en escena y, en los años siguientes, otras voces se levantarían y otras prohibiciones se decretarían para sancionar a la mujer "vestida de hombre", y no pocos serían los casos de mujeres que, siendo solteras y mayores de edad, representarían a lo largo del siglo XVII, muestra todoello de que las leyes quedaban en papel mojado.
   Nuevas prohibiciones contra la representación de mujeres en escena se producirían sucesivamente. Por ejemplo, la que se decretaba en 1596 y que fue bastante duradera, ya que vino a coincidir con el cierre de los teatros por el luto debido al fallecimiento de Felipe II (1598). Se trata de la orden promulgada por el Consejo de Castilla, dirigida a "las Justicias del Reino" y fechada en Madrid, el 5 de septiembre de ese año.
   En 1600 el Consejo volvería a insistir en que las mujeres podían representar "andando en las compañías de las comedias con sus maridos o padres, como antes de ahora está ordenado, y no de otra manera". Estas oleadas de censura no pudieron expulsar de forma definitiva la presencia de la actriz de los escenarios, ya que esto significaría atentar automáticamente contra la esencia de un fenómeno teatral que se encaminaba ya hacia su pleno apogeo.
   ¿Pero cuándo se realizó efectivamente la incorporación de la mujer al oficio teatral? La primera fecha en la que tenemos documentada la participación de una mujer en representaciones teatrales se refiere a la década de 1550. La mayoría de los documentos que poseemos en esta década se refieren a representaciones para el Corpus en las que la presencia de la mujer se limitaba a los bailes y cantos. Sin poder entrar en detalle diré que la incorporación de la mujer al oficio teatral se realizó realmente de forma gradual y más lenta que en el caso de sus compañeros varones. La presencia de la mujer en la actividad teatral es gradual al avanzar el siglo XVII y se incrementa a medida que llegamos a finales del siglo.

viernes, 28 de enero de 2011

NOVELA PICARESCA. "Lazarillo de Tormes"

LA NOVELA PICARESCA

   Al margen de la individualidad propia de cada obra, todas las novelas picarescas comparten una serie de características comunes que podrían resumirse en las siguientes.
1. El protagonista es el pícaro, categoría social, procedente de los bajos fondos que, a modo de antihéroe, es utilizado por la literatura como contrapunto al ideal caballeresco. Su línea de conducta está marcada por el engaño, la astucia, el ardid y la trampa ingeniosa. Vive al margen de los códigos de honra propios de las clases altas de la sociedad de su época. Su libertad es su gran bien. Una libertad condicionada por su ascendencia, que el protagonista relata al lector para que comprenda su norma de vida, condicionada o determinada, en parte, por sus coordenadas existenciales.
2. Carácter autobiográfico. El protagonista narra sus propias aventuras, empezando por su genealogía, que resulta ser lo más antagónica a la estirpe del caballero. La forma autobiográfica estará en función de la orientación de crítica social que ejercerá la novela picaresca; al proyectar el autor su personalidad sobre un personaje ficticio, esto le permite exponer con mayor libertad sus propias ideas.
3. Una doble temporalidad. El pícaro aparece en la novela desde una doble perspectiva: como autor y como actor. Como autor se sitúa en un tiempo presente que mira hacia su pasado y narra una acción, cuyo desenlace conoce de antemano.
4. Estructura abierta. El pluralismo de aventuras que se narran podrían continuarse; no hay nada que lo impida, porque las distintas aventuras no tienen entre sí más trabazón argumental que la que da el protagonista.
5. Carácter moralizante. Cada novela picaresca vendría a ser un gran "ejemplo" de conducta aberrante que, sistemáticamente, resulta castigada. La picaresca está muy influida por la retórica sacar de la época, basada en muchos casos, en la predicación de "ejemplos", en los que se narra la conducta descarriada de un individuo que, finalmente, es castigado o se arrepiente.
6. Carácter satírico. La sátira es un elemento constante en el relato picaresco. El protagonista deambulará por las distintas capas sociales, a cuyo servicio se pondrá como criado, lo que le permitirá conocer los acontecimientos más íntimos de sus dueños. Todo ello será narrado por el pícaro con actitud crítica. Sus males son, al mismo tiempo, los males de una sociedad en la que impera la codicia y la avaricia, en perjuicio de los menesterosos que pertenecen a las capas más bajas de la sociedad.
 
El Lazarillo de Tormes
   La forma autobiográfica, rasgo común de todas las novelas picarescas, es la primera nota que caracteriza el relato de ficción del Lazarillo. Lázaro nos relata la historia de su vida: Lázaro nace en Salamanca, cerca del río Tormes, en el seno de una familia pobre, y desde niño se ve obligado a servir a varios amos (ciego, clérigo, noble, fraile, buldero, pregonero). Lázaro terminará independizándose y, ya hombre casado, disfruta de una situación que él considera próspera
   En este relato autobiográfico aparecen dos categorías temporales: un "ahora" que se explica a través de un "antes". Lázaro dirige su relato a una persona de rango superior ("Vuestra Merced"), a quien cuenta su "caso": las dudosas relaciones entre la mujer de Lázaro y el Arcipreste de San Salvador, cuya casa ella frecuenta. Este caso es el núcleo configurador en torno al cual se organiza la materia narrativa. La unidad estructural gira en torno a la convergencia de todo el pasado en el ser presente de Lázaro que cuenta su vida para justificar su "caso", un caso de honra. Lázaro no hace sino justificar una conducta moral muy particular aprendida de los labios de su madre: arrimarse a los "buenos", aquellos que le ayudan a sobrevivir.
   Los sucesos fundamentales de su vida expresan el proceso educativo del protagonista, como una evolución pedagógica de perversión. Lázaro, hombre de vil origen, educado en la astucia y en el engaño por el ciego, busca una honra que le proporcione un provecho que, al fin, consigue, como nos relata en el "Tratado VII". En la novela hay dos planos narrativos: el del autor y el del protagonista; los dos planos se interfieren por medio de la ironía, aunque en dos sentidos diferentes: Lázaro cuenta su vida como si de un triunfo se tratase, mientras el autor cree todo lo contrario; Lázaro, desde su perspectiva, considera que ha llegado a buen puerto; para el autor, por el contrario, aquella situación es el colmo de la abyección.
   En cuanto al estilo del Lazarillo, está escrito dentro del "estilo humilde", relacionado con la poética de los tres estilos (sublime, mediocre e ínfimo); el origen social de Lázaro exige al autor seguir las normas de la poética del estilo bajo. Cada estilo debía acomodarse a unos temas y a unos personajes para conseguir el "decoro", cualidad artística que consiste en hacer hablar a los personajes de acuerdo con su procedencia estamental. Por ello, el autor coloca al pícaro y al mundo que lo rodea dentro de una verosimilitud narrativa, en consonancia con su personalidad y el medio ambiente en el que vive. Esto se consigue intentando que la lengua sea un reflejo de este telón de fondo social; de ahí que abunden los vulgarismos y un estilo coloquial, con el que se intenta un acercamiento a la situación existencial del protagonista y de su medio ambiente.
 
Fuente